|
En
medio de la complejidad y de las crisis del siglo XIX brillan
con nitidez un conjunto de hijos de la Iglesia que manifiestan
una muy clara conciencia de que la adhesión al Señor Jesús tiene
consecuencias sociales. Entre ellos destaca como importante
pensador y hombre de acción, de enorme trascendencia en esos
primeros tiempos de la cuestión social en el siglo XIX, [1]
Antonio Federico Ozanam, [2] gran apóstol de la caridad y la
reconciliación.
Su profunda fe y su amor a la Iglesia lo impulsan por el camino
que lleva a la perfección en la caridad. Ya desde su temprana
juventud, sus pasos lo encaminan por la senda que conduce al
testimonio y a la santidad. Los dones del Altísimo, su amor por
la verdad y su opción por vivir cotidianamente la fe lo llevan
por los luminosos senderos del amor al hermano, en especial al
necesitado. Este impulso de vida va cuajando en el peregrinar de
Antonio Federico y lo va introduciendo en el ardor fulgurante de
quien asume su vida cristiana hasta las últimas consecuencias.
«La caridad no puede existir en el corazón de muchos sin
expandirse a los de fuera —escribe—. Es un fuego que se apaga si
le falta manutención, y las buenas obras son el alimento de la
caridad... pero la caridad debe ser un medio, no el fin de
nuestra asociación [3] que es más bien el de difundir en la
juventud el espíritu del cristianismo, que es espíritu de amor.
La verdad evangélica debe ser difundida entre los jóvenes, que
son víctimas de varias y funestas doctrinas...».
En vísperas del Tercer Milenio de la Fe, el gran apóstol de la
caridad y de la reconciliación en el siglo XIX se verá
reconocido por la Iglesia como quien, viviendo heroicamente las
virtudes cristianas, se alza como un símbolo de coherencia y de
factibilidad de la vida cristiana ante un mundo sometido al
secularismo, al agnosticismo funcional y a todo tipo de
rupturas. Cuando en su momento llegue el anuncio de que Antonio
Federico
Ozanam ha sido beatificado por el Papa Juan Pablo II, el
mundo contemplará la imagen de un alentador ejemplo de
seguimiento del Señor de cara a las tan necesarias tareas de la
Nueva Evangelización.
La fe, sustento de la vida
Antonio Federico Ozanam, nació el 23 de abril de 1813 en Milán,
[4] en el norte de Italia. Y fue bautizado el 13 de mayo. Trece
años después, el 11 de mayo de 1826, en el templo San Pedro, en
Lyon, recibirá su Primera Comunión. Federico es el quinto hijo
del matrimonio de Juan Antonio Francisco Ozanam, antiguo oficial
del ejército napoleónico y luego médico, [5] y María Nantas.
Forman un hogar en el que la fe vivida ilumina el quehacer
cotidiano, y en el que el amor no queda contenido entre los
miembros de la familia sino que se despliega hacia el encuentro
de los hermanos en necesidad. Ya desde niño Federico aprende a
respetar al pobre y al desvalido, siendo instruido en la escuela
de la viva caridad de su padre, quien como médico asiste
gratuitamente a muchísimos pobres; [6] y en la bondad y
sencillez cristiana de su madre que se combina con su servicio
generoso a los desvalidos [7] y con sus significativas dotes
culturales, impregnando el hogar familiar de un claro y profundo
espíritu cristiano. Su educación formal la recibe en Francia,
tanto en Lyon como en París, bebiendo mucho de la literatura
anticristiana en boga, pero al mismo tiempo profundizando con
dedicación en el conocimiento de la fe.
En Lyon, durante su temprana juventud, Federico sufre una fuerte
crisis religiosa. Fueron para él meses sumamente duros. El
impacto de numerosas lecturas anticristianas había dejado su
huella, reclamando una más proporcional formación en la fe. «De
tanto oír hablar de incrédulos e incredulidades, me preguntaba
por qué creía yo. Dudé... y la duda renacía en mí... nuevas
objeciones brotaban en mi espíritu y yo volvía a dudar». Una
intensa sensibilidad con claros visos existenciales hace de eco
de esa crisis, y al mismo tiempo de vía de interiorización que
conduce a quien la sufre a las profundidades de su ser. Su
afligido ruego ante el Santísimo: «Señor, sólo Tú puedes
restaurar mi fe», recibe respuesta. Desde entonces, con la
gracia de Dios sale adelante con la convicción de un converso,
con una fe renovada, más fogosa, consciente y profunda. Su
gratitud se expresa en una promesa que cumplirá a lo largo de su
vida: «Yo he prometido a Dios dedicar mis días al servicio de la
Verdad que me ha concedido la paz». Más adelante explicará la
gesta a la que planea entregarse, sin amilanarse ante sus
grandes desafíos, y dirá: «Vencer sin riesgos es triunfar sin
gloria, pero cuanto más difícil es la obra tanto más bello es
realizarla».
Al llegar en 1831, desde Lyon, a la llamada Ciudad Luz, en el
reinado de Luis Felipe [8] —conocido como el «ciudadano
rey» por sus ideas y perspectivas burguesas— se encuentra Ozanam
con una sociedad sometida a intensas tensiones, no recuperada de
la situación generada por la revolución francesa, las guerras
napoleónicas y el fracaso de la restauración borbónica. Se trata
de una sociedad signada con fuertes brotes de descristianización.
Nada mejor se puede decir de la Universidad de la Sorbona a la
que acudía a recibir clases. Más bien, todo lo contrario. La
Sorbona es uno de los focos de descristianización de Francia, no
pocos de sus profesores hacían alarde de su oposición a la fe.
Federico, aunque tímido, es una persona de fuertes y profundas
raíces interiores, su adhesión a la fe irradia sobre todo su ser
y su existir. Por ello sufre intensamente al contemplar la
lamentable situación de lo que hoy llamaríamos secularización
generalizada, y en viva nostalgia por los acogedores ambientes
de Lyon, hacia 1831, escribe: «La frialdad de París congela mi
sangre... su corrupción paraliza mi espíritu». Providencialmente
se encuentra con un sabio científico, Andrés María Ampére,
[9] católico en serio, a quien debía hacer una visita de
cortesía. Ampére le ofrece alojamiento en su casa, recibiéndolo
como uno de su familia, lo que Federico prontamente acepta.
«Profundamente religioso, lo encuentro todas las mañanas en
Saint-Étienne-du-Mont —escribe sobre Ampère—; y muchas veces
cuando conversamos sobre las maravillas de la naturaleza, en un
transporte de admiración por la obra del Creador, exclama
entusiasmado: "¡Cuan grande es Dios, y comparándonos con Él qué
ignorantes somos!"». En unas letras a su madre, Federico añade
sobre el sabio maestro parisino: «Estudia, me dijo el otro día,
las cosas de este mundo pero mirándolas con un solo ojo a fin de
tener el otro constantemente fijo en la luz eterna. Y nunca
escuches a los eruditos sino con un oído, así puedes percibir
con el otro los dulces acentos de la voz de tu Amigo celestial,
porque sin esta preocupación caerás fácilmente rompiéndote la
cabeza con alguna piedra». Bajo la tutela de Ampére se van
consolidando las bases intelectuales para su vida cristiana que
tan útiles le habrán de resultar en el apostolado al que
consagra su existencia. Ya antes, en Lyon, el padre José
María Noirot [10] había contribuido notablemente a la
formación cristiana del joven Ozanam. Muy pronto su liderazgo se
deja sentir incluso en la Sorbona, al punto que pudo escribir a
su familia: «Cada vez que un profesor alza su voz contra la fe,
se levantan muchas voces católicas en protesta por ello». Al
superar la crisis religiosa que lo afligió en Lyon había quedado
persuadido de que: «Nosotros poseemos dos caminos: uno para
buscar la verdad y otro para vivirla; durante toda nuestra vida
hemos de vivir la verdad». Y en el campus universitario en París
había encontrado un ambiente propicio «para vivir la verdad» y
para compartirla.
Hacia una visión integral de la caridad solidaria
De
carácter activo, se vincula con unos compañeros de estudios de
la Universidad y con un profesor de filosofía y publicista
católico, Manuel José Bailly, [11] dando origen en 1832 a las
Conferencias de Historia. [12] Éstas constituyen un ámbito de
apostolado intelectual para contrarrestar el volteriano y
santsimoniano ambiente de la Sorbona. En ella se daban intensos
debates en torno a la fe. Será a partir de una de las sesiones,
que reunía a decenas de jóvenes e incluso profesores de la
Universidad, que un grupo, con Ozanam a la cabeza, toma una
decisión: ¡Ir al encuentro de los pobres!
Con la convicción de que la historia de la Iglesia sería el
ariete que arrollaría al racionalismo reinante, los jóvenes
auspiciadores de las Conferencias de Historia buscarán
responder así al desafío de las corrientes en boga en Francia y
en Alemania. Es ante un argumento anticristiano —hoy famoso como
el gatillo humano que disparó el surgimiento de las famosas
Conferencias de la Caridad— pronunciado en una de sus
sesiones que reacciona Ozanam «Tienes razón cuando exaltas las
maravillas que ha realizado el cristianismo en el pasado, pero
en la actualidad está muerto. ¿Dónde se encuentran las obras que
dan testimonio de vuestra fe? ¿Qué hacéis los que pretendéis ser
mensajeros de la Redención?».[13] De la evaluación de ese
argumento a la luz de la oración y de la convicción de acallar
toda posible objeción en ese sentido surge una respuesta que por
todos lados expresa tanta caridad como adhesión a la misión
evangelizadora: la acción por amor a Dios y al prójimo.
La sociedad de San Vicente
Así, a los 20 años de edad, en 1833, sin abandonar el apostolado
o «caridad intelectual» que habrá de ejercer durante toda su
vida, funda con el valioso apoyo de Baillo [14] y la
participación de cinco compañeros [15] las Conferencias de la
Caridad (Sociedad de San Vicente de Paúl), [16] con el ánimo
de «consolidar la fe y de reanimar la caridad en la juventud
católica», proyectándose en el encuentro personal con los pobres
y trabajando así por la santificación personal y el Reino del
Señor. A través de esta obra se busca vincular, en una relación
personal, a indigentes, a marginados, a carentes de salud y
medios para una vida digna, con quienes pudiesen aportarles
alguna ayuda y apoyo humano y cristiano. Sin duda se trata de
una obra de gran importancia para ayudar a los necesitados,
tanto en lo material como en lo espiritual. Hasta el día de hoy
existen secciones de la Sociedad de San Vicente en muchísimos
países del mundo. [17] La cruzada de la caridad que iniciaron un
grupo de jóvenes estudiantes universitarios franceses
encabezados por Federico Ozanam es una obra que ha sobrevivido
al paso de los años y a las dificultades que gobiernos
anticristianos le pusieron en diversas ocasiones. En aquel 1833
se encendía en el París indiferente y descreído un fuego
ardiente de amor que se convertiría en inmensas fogatas de
candad que llenarían de luz y calor millones de casas de pobres
y humildes hermanos humanos. [18]
Las Conferencias de la Caridad nada tenían que hacer con
la política partidaria. Si bien sus integrantes eran laicos y
muy conscientes de ser tales, [19] su orientación estaba signada
por una opción que se expresa bien en unas palabras de Ozanam:
«nuestro apostolado será altamente cristiano, profundamente
evangélico». [20] Su acción era militante y directa en el orden
de la caridad. Su programa no esperaba la llegada «del gran
cambio social», aunque muchos de sus miembros lo anhelaban de
corazón, sino que movía a acudir con toda sencillez y eficacia
en auxilio de quienes estaban en necesidad material y espiritual
«ahora». Obviamente esta acción silenciosa, formalmente
a-política, tuvo grandes consecuencias sociales. No sólo por su
inmediata efectividad en auxiliar las necesidades materiales y
espirituales de quienes socorrían sus miembros, sino por
despertar la conciencia social de muchos. La incidencia de las
Conferencias se potencia por obras de importancia que
secciones concretas van asumiendo. Entre ellas se encuentran
hospitales, casas de acogida para trabajadores, hospicios,
sociedades de ayuda mutua y tantas obras de caridad concreta
más. En la medida en que crece la obra se intensifica el
espíritu de prudente humildad que bien se puede ver expresado en
una carta de Ozanam: «No buscar hacerse ver, pero dejarse ver».
Los hechos muestran claramente una comprometida acción social
nacida del Evangelio y nutrida por él.
Conferencias cuaresmales de Notre Dame
Bien puede decirse que desde el fondo de su corazón Ozanam
escuchaba un clamor que lo invitaba a la evangelización, a
anunciar con palabras y hechos la Verdad. La situación de la
Sorbona, y en general de la juventud, le dolía intensamente.
Así, guiado por la búsqueda de quien podría participar en la
misión que veía ante sí frente a los desafíos de las ideologías
agnósticas reinantes en la Universidad y en la sociedad,
Federico se encamina al encuentro del padre Enrique Juan
Bautista Lacordaire, [21] quien por su predicación y sus
escritos sería una preclara figura en el renacimiento del
catolicismo en la Francia del siglo XIX.
Habiendo conversado con él, y escuchándolo en sus vibrantes
sermones en el Colegio Stanislas, Ozanam dialogando con sus
compañeros de inquietudes concluyó que ésa era la voz que la
juventud esperaba escuchar para conducirla al encuentro con el
Señor. Así, que no demoró mucho en encabezar una delegación e ir
a visitar al Arzobispo de París, Jacinto Luis de Quélen,
[22] solicitándole que encargase al padre Lacordaire la prédica
de unos sermones cuaresmales en Notre Dame. Un año después, en
enero de 1834, insiste en su petición, esta vez acompañándola
con un par de centenares de firmas y un proyecto de programa de
temas a ser tratados.
Monseñor de Quélen, cercano a la restauración borbónica,
desconfiaba del grupo que había venido publicando L'Avenir,
el famoso periódico fundado en 1830 que difundía las ideas de
Hugo Felicidad Roberto de La Mennáis, [23] y al que
había pertenecido el padre Lacordaire. El 15 de agosto de 1832,
la encíclica Mirari vos del Papa Gregorio XVI
criticando el liberalismo termina con la aventura de L'Avenir.
Prontamente el padre Lacordaire se adhiere a la enseñanza
pontificia e incluso llega a escribir Consideraciones sobre
el sistema filosófico del Sr. de La Mennais, tomando
distancia pública del amigo a quien tan cercanamente había
acompañado. Así, pues, el Arzobispo al tiempo que acoge la idea
de los jóvenes universitarios encabezados por Ozanam se propone
una salida encomendando a siete sacerdotes las solicitadas
conferencias cuaresmales. Entre ellos no estaba Lacordaire, pues
Monseñor de Quélen lo consideraba aún cercano a La Mennais,
quien recién pocos días atrás había escrito al Papa Gregorio
sometiéndose. Claro, que como Pastor que era Monseñor de Quélen
incluso había visitado privadamente a La Mennais alentándolo a
rectificarse en todo sentido, luego que éste escribió al Papa.
Sin embargo con precaución, que en el caso de La Mennais
probaría ser muy válida, el Arzobispo optaba por la prudencia.
Notre Dame estuvo prácticamente vacía durante las prédicas
cuaresmales de 1834. A pesar de ello, la publicación por La
Mennais de su obra Palabras de un creyente, difundida a
principios de 183424 expresando su amargura, parecía dar la
razón al Arzobispo de Quélen en su prudencia ante cuanto le
pareciera de la escuela menesiana, al constatar que «Lamennais
jugaba un doble juego: sumisión pública por un lado y por otro
rebelión en su vida privada». [25]
Numerosas acusaciones caen sobre el padre Lacordaire, juzgándolo
igual a La Mennais, desconfiando de su toma de distancia. El que
habría de ser el restaurador de los dominicos en Francia, calla
y pacientemente soporta la mortificación a la que es sometido
por las injustas calumnias. El Arzobispo se informa
concienzudamente de diversas fuentes y constata para su
tranquilidad que Lacordaire efectivamente se había apartado del
grupo menesiano y que su escrito de crítica no era estrategia o
pose. Estando así las cosas, alentado por Dionisio Affre
—quien sería más adelante el Arzobispo de París asesinado al
ejercer su ministerio de reconciliación entre los dos bandos en
pugna en la revolución de junio de 1848— el padre Lacordaire
visita a su Pastor. Cuál sería su sorpresa cuando en aquella
ocasión Monseñor de Quélen le encomienda las pláticas
cuaresmales para 1835 en la Catedral de París.
Ozanam y sus amigos estallan en júbilo por tal nombramiento del
Arzobispo de París. Llegado el momento, el 8 de marzo de 1835,
unas cinco mil personas asistirán a Notre Dame a escuchar al
padre Lacordaire en su primera prédica desde el pulpito de la
famosa basílica parisiense. Y así una tras otra. El Arzobispo,
presente en las diversas jornadas de fe, constata personalmente
la ortodoxia del predicador, así como la fuerza de sus
argumentos, y en la conferencia final toma la palabra para pedir
que todos agradezcan a Dios por la bendición de las
predicaciones cuaresmales de ese año.
Esposo y padre de familia
El
matrimonio de Antonio Federico Ozanam es un hecho famoso en la
historia de la Iglesia. Al menos dos Sumos Pontífices se han
referido a él. El primero fue el Papa Pío IX, [26] a
quien Federico había visitado pocos años antes de su muerte.
[27] El segundo fue el Papa Juan Pablo I, quien en una de
las audiencias de su breve pontificado relató el asunto al
tratar del matrimonio: «El siglo pasado había en Francia un
profesor insigne, Federico Ozanam; enseñaba en la Sorbona, era
elocuente, estupendo. Tenía un amigo, Lacordaire, que solía
decir: "¡Este hombre es tan estupendo y tan bueno que se hará
sacerdote y llegará a ser todo un obispo!". Pero no. Encontró a
una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó
bien y dijo: "¡Pobre Ozanam! ¡También él ha caído en la
trampa!". Dos años después, Lacordaire vino a Roma y fue
recibido por Pío IX; "Venga, venga, padre, —le dijo— yo siempre
había oído decir que Jesús instituyó siete sacramentos: ahora
viene usted, me revuelve las cartas en la mesa, y me dice que ha
instituido seis sacramentos y una trampa. No, padre, el
matrimonio no es una trampa, ¡es un gran sacramento!"». [28]
Ozanam ciertamente sintió una inclinación a consagrar plenamente
su vida al apostolado, y por lo tanto iba cavilando sobre cuál
sería el designio de Dios para su vida. Reza, piensa, escribe y
conversa sobre asunto tan fundamental. Al regresar de París a
Lyon, luego de culminar sus estudios de Derecho y de Literatura,
decide retomar más sistemáticamente el diálogo sobre sus
inquietudes vocacionales con el padre Noirot. Conocidos de largo
tiempo el sacerdote y el discípulo y aconsejado espiritual se
entregan a un proceso de discernimiento que llega a la
conclusión de que el Plan de Dios lo invita al matrimonio. El
padre Noirot, conocedor de la profundidad metafísica y de la
fineza del espíritu de Federico, sin embargo es asimismo uno de
aquellos convencidos de que el matrimonio es también un camino
de santidad y que precisamente los tiempos requieren del ejemplo
de santos matrimonios. Por ello, junto con una sana teología del
sacramento del matrimonio, la apertura a la gracia, la oración y
el discernimiento, Noirot supo acompañar bien el proceso de
esclarecimiento espiritual de Ozanam. El juicio sobre ello lo ha
dado la vida misma del ejemplar apóstol de la caridad y de la
reconciliación. ¿Acaso no viene al caso aplicar la sentencia:
«Por sus frutos los conoceréis»? [29]
Aspirando Ozanam a una cátedra de literatura, el padre Noirot le
ofrece presentarle al rector de la Academia de Lyon. Al visitar
el hogar de la familia Soulacroix Magagnos con el objeto de
dialogar con el rector Soulacroix, Federico conoce a su hija
Amelia con quien comparte ideales y horizontes. La lectura de la
biografía de Santa Isabel de Hungría, [30] escrita por el
conde Carlos de Montalembert, y el frecuente comentario
sobre el ejemplo de aquella santa de ejemplar caridad con los
pobres, los enfermos y los ancianos constituye un horizonte que
alimentará la vocación matrimonial de Antonio Federico y de
Amelia, e incentivará su mutuo amor.
El 23 de junio de 1841, ante su hermano el sacerdote Alfonso
Ozanam, Federico y Amelia Soulacroix Magagnos contraen
matrimonio en el templo de Saint Nizier, en Lyon. Como viaje de
bodas realizarán un periplo por varias ciudades de Italia. En
Roma la joven pareja es recibida en audiencia por el Papa
Gregorio XVI, [31] con quien conversan sobre Dante, a quien
Ozanam había reivindicado brillantemente en una tesis en la
Sorbona [32] y proclamado poeta universal de la cristiandad, y
sobre las Conferencias Vicentinas.
Ozanam describe como una bendición el nacimiento de su hija
María, en julio de 1845. Paralelamente su salud se va
debilitando. El diagnóstico de un problema respiratorio encubre
la verdad de una enfermedad renal que permanece oculta. Los
médicos le recomiendan viajar a una zona de clima más templado.
Así, en 1846 Federico y Amelia visitarán nuevamente Italia,
aunque esta vez con su hijita María. Allí, junto a las visitas a
los centros culturales y a las grandes bibliotecas en las que
nutría su intelecto, Federico infatigablemente tomará la
oportunidad para introducir las Conferencias Vicentinas en
Italia. [33]
Coherencia entre pensamiento y acción
La visión cristiana de la vida ilumina todo el pensar y actuar
de Ozanam. Aunque no cree que el problema que agitaba entonces
al mundo era cuestión de formas políticas, sino fundamentalmente
un asunto social, respalda con franqueza la aparición de la
Segunda República, pero con la prudencia que expresara años
antes: «Yo no niego ni rechazo algunas de las varias
combinaciones de gobierno, pero sólo las acepto como
instrumentos para conseguir que los hombres sean más felices y
mejores». Y, más aún, considerando que en todos esos asuntos la
verdadera clave estaba en «la caridad, que debe hacer aquello
que la justicia por sí sola no sabrá hacer».
La finalidad es lo que le preocupa. Así, reconoce la utilidad
del poder en la convivencia social, pero afirma con energía que
ante él, por el bien de las gentes, es necesario reivindicar el
«sagrado principio de la libertad». Ciertamente esta valoración
no lo lleva al liberalismo, pues por otra parte, Ozanam profesa
una oposición doctrinal al liberalismo económico, y se
escandaliza ante las aberraciones en las relaciones entre el
patrono y el obrero hechas posibles por la excesiva dependencia
en la que el empleo pone al trabajador. Utilizando la expresión
entonces novedosa de justicia social, en 1840 postula el
salario familiar, censura el trabajo de los menores, aspira a la
reglamentación de las relaciones entre patronos y obreros, y
expresamente toma partido por ese pueblo que tiene demasiadas
necesidades sin atender y muy pocos derechos reconocidos, que
reclama, con razón, una parte mayor en la gestión de los asuntos
públicos, garantías para el trabajo y contra la miseria, y que
tiene malos jefes porque no se le ofrecen otros mejores.
Ozanam era un convencido de la necesidad de reformas
enérgicas, pero pacíficas, que impidiesen la esclavitud de esa
creciente masa de obreros, fruto de la entonces moderna cuestión
social. Descartando los enfoques de la antigua escuela de los
economistas, así como los planteamientos de los nacientes
socialismos por infecundos, socialmente nocivos y materialistas,
a los que considera simplemente pseudo-socialismos, el
fundador primario de las Conferencias de San Vicente se
adhiere a los principios cristianos y aboga por la formación de
«una escuela social». Para el gran apóstol y activista solidario
de la Francia del siglo XIX, la doctrina social del cristianismo
contiene todas las verdades que los reformadores modernos
pretenden haber descubierto, pero sin sustentar ninguno de los
errores y falsas ilusiones en boga. A través de sus reflexiones
en un opúsculo titulado Los orígenes del socialismo,
llega Ozanam a la convicción de que es el cristianismo la única
vía por medio de la cual se podrá realizar el ideal de
fraternidad entre los hombres sin inmolar su libertad ni su
dignidad, y la única capaz de buscar la dicha en la tierra sin
renegar de la esperanza de alcanzar una felicidad más grande en
el cielo.
Entonces escribe: «Al tratar de los orígenes del socialismo,
reunimos bajo ese nombre las diversas escuelas que lo asumen, y
que no desearíamos distinguir para abrir polémica particular con
cada una de ellas. Muchos de los socialistas no son sino los
discípulos tardíos de los más culpables errores del paganismo,
existen otros que asumen en más de un punto las tradiciones
cristianas, y en quienes el error principal estriba en dar
nuevos nombres a las antiguas virtudes, cambiar los consejos
evangélicos en preceptos y querer realizar sobre la tierra el
ideal del cielo. No desconocemos la generosidad de esas
ilusiones, pero sí vemos el peligro que entrañan. Como todas las
doctrinas que han turbado el reposo del mundo, el socialismo no
tiene otra fuerza sino la de muchas verdades mezcladas con
muchos errores. Esta confusión le aporta una apariencia de
novedad que deslumbre a los espíritus débiles: sólo habremos
descartado todo el peligro de estas enseñanzas cuando hayamos
mostrado, por una parte, las verdades antiguas (cristianas) que
no han esperado para realizarse el sol del siglo diecinueve, y
por la otra, los errores seculares tantas veces juzgados por la
conciencia de los hombres y condenados por la experiencia de los
pueblos. Es tiempo de realizar la separación y retomar nuestro
bien, me refiero a las antiguas y populares ideas de justicia,
de caridad, de fraternidad. Es tiempo de demostrar que se puede
defender la causa del proletariado, consagrándose al alivio de
las clases sufrientes, buscar la abolición de la pobreza, sin
hacerse solidario de las prédicas que han desencadenado la
tempestad de junio [34] y que aún mantienen sobre nosotros
nubarrones».
Años antes, en un curso dictado en Lyon en la cátedra de Derecho
Comercial, en 1840, Ozanam aborda sistemáticamente el tema del
proletariado y la cuestión social impugnando a quienes humillan
a los pobres y a los obreros queriendo convertirlos en
instrumentos de las fortunas de los ricos. Igualmente denuncia a
quienes corrompen al proletariado al comunicarles las pasiones
de los malos ricos. Revaloriza el trabajo a través de una
teoría general del mismo definiéndolo como el medio de acción
intelectual y material propio del ser humano, incluso antes de
la caída y la sanción divina. Estableciendo una teoría del
salario justo y de la seguridad social, Ozanam propone un
ordenamiento social basado en la justicia: ni individualismo
explotador y egoísta, ni denigrante y embaucador colectivismo;
un orden fundado en la libre asociación de quienes trabajan,
unas relaciones equitativas entre capital y trabajo, y una
moderada intervención del Estado que favorezca la justicia
social sin perjudicar la libertad y la propiedad privada.
Federico Ozanam, quien supo comprender la cuestión fundamental
del trabajo, se angustiaba intensamente ante la explotación de
la que eran víctimas los trabajadores, y denunciaba la
concepción del obrero-máquina, al tiempo que escribía y actuaba
para alentar el cambio de la situación, como se ve, por ejemplo,
a través de su campaña de 1848 para lograr el descanso dominical
del trabajador, así como por tantos de sus escritos y acciones.
Con el pobre por la reconciliación
Antonio Federico Ozanam no es un hombre que ha dejado crecer
hipertróficamente su ciencia humana desatendiendo la
profundización en la fe. Junto al manejo de lenguas vivas y
clásicas, [35] que entre otras es una de las causas que le valen
la cátedra en la Sorbona, sus amplios conocimientos jurídicos,
lingüísticos, literarios e históricos, que se muestran en sus
obras, también está presente como sustrato de todo ello una
teología bien aprendida, interiorizada y vivida. [36]
En ese trasfondo su hambre de anunciar la Verdad y su compromiso
de hacerlo se expresan en una vida de encuentro con Dios,
Comunión de Amor, y en la voluntad explícita de hacer concreto
ese amor entre los seres humanos. Su amigo el padre Lacordaire
escribirá, que junto con su cristiana sencillez en medio de los
éxitos, Antonio Federico poseía un espíritu «que miraba hacia
Dios constantemente». Así, nutrido por sus convicciones y por
sus experiencias religiosas, entre los objetivos que va
enunciando en su vida aparece muy claro el de la reconciliación.
Ya el padre Noirot describía a Federico, en su tiempo de
escolar, como quien «a nadie tenía odio, salvo a la mentira». La
meta de disipar el odio del pobre al rico, de combatir el mal
con el bien, tan presente en el trasfondo de las Conferencias
Vicentinas y del quehacer de Ozanam, muestran claramente la
perspectiva reconciliativa [37] en su pensamiento y en su
acción.
Al retornar a París de su viaje de salud a Italia en octubre de
1847, contempla angustiado la situación de Francia. «Es la
lucha», dirá. No por ello se amilana, pues sus convicciones en
favor de la unión de todos en una sana convivencia social y la
defensa de la libertad se habían visto fortalecidas por el
diálogo que tuvo con el Papa Pío IX.
La situación, con lo trágica que se presentaba, sin embargo no
era una entera novedad para Ozanam. Unos diez años antes había
escrito: «Aquí la gente no está dividida por opiniones políticas
sino por intereses. En un lado está el campo de los ricos, en el
otro el de los pobres. En uno el egoísmo quiere conservar todo
para sí mismo, en el otro el egoísmo quiere apoderarse de todo
para sí mismo. Entre los dos hay un odio irreconciliable que
amenaza causar una guerra que será una lucha hasta el
exterminio».
Ante el panorama de polarizaciones y egoísmos intensificándose,
Antonio Federico se sumerge en búsqueda de soluciones en la
caridad, en la conciencia y virtudes cristianas. Así, para él,
los hijos de la Iglesia «deben lanzarse entre los dos campos en
nombre de la caridad, para que disminuyendo los egoísmos,
destruyan los prejuicios, se desechen las armas del odio y los
dos campos se encuentren, no para luchar sino para
reconciliarse, y para así todos juntos poder construir una
sociedad en la cual la dignidad del hombre y sus libertades se
sumen establemente con los derechos del bien común y la justicia
social». Para él la caridad —que había que portar en suficiente
cantidad entre los que alzaban armas de ira— era el combustible
de la reconciliación que conduciría a una sociedad nueva basada
en el ejercicio de la soberanía popular y la democracia
enmarcadas en el reconocimiento del derecho natural que proviene
del designio divino.
Su convicción de que el cristianismo tenía la respuesta para la
edificación de una sociedad justa la expresa reiteradamente,
incluso antes de la primera revolución de 1848 [38] a la que
sigue el advenimiento de la Segunda República francesa. Así como
el apostolado intelectual tenía su lugar, y la caridad de la
Sociedad Vicentina el suyo, Ozanam estaba también persuadido de
la importancia fundamental de extender socialmente a todos los
integrantes de la sociedad el impulso del amor y de la
reconciliación. Al buscar difundir estas ideas y plantearse la
creación de un nuevo diario católico, Ozanam es enfático al
enunciar que la nueva publicación no buscará dividir a los
católicos, sino alcanzar al mayor número posible. Así, en 1848
surge L'Ère Nouvelle con un ideario que reclama el
respeto a la constitución divina de la Iglesia y el
reconocimiento de la libertad de educación, de enseñanza y de
asociación. Es un lugar común señalar que la nueva publicación
pone en su primera plana de principios tanto los ideales de
Dios, la fe y la libertad, como los de la unidad, la paz y la
concordia general.
Los ideales de Ozanam se estrellan contra la hostilidad de los
escilas y caribdis que desde los extremos del
espectro político se lanzan contra ellos. El combustible que
esas incomprensiones y choques proporcionan hace percibir la
magnitud del fuego que habrá de alzarse al contacto con la llama
que lo desencadenará.
Y cuando por fin estalla la beligerancia social, y los bandos se
enfrentan en cruel pugna que arrebata millares de vidas, Antonio
Federico no vacila en ir en búsqueda de su amigo Dionisio Affre,
el Arzobispo de París, para pedirle que interceda y que se
interponga entre los dos campos en pugna para evitar más
muertes. El Arzobispo Affre, que había aprobado con honda
complacencia la disertación de Ozanam sobre «Los deberes
literarios de los cristianos» a ser pronunciada en el Círculo
Católico, había leído que en momentos de polémica y apologética
no debe uno dejarse llevar por la pasión del momento, sino por
la paciencia y la dulzura en la defensa de la verdad, asume con
entusiasmo la bandera de la reconciliación que el joven pensador
le ofrecía y arregla una tregua para enarbolarla pacíficamente
en su persona procurando el cese definitivo del fuego de las
armas. Así, vestido con su sotana morada y con su cruz pectoral
visible, el Arzobispo de París, quien será mártir de la
reconciliación, avanzará por entre los dos bandos en pugna
procurando evitar las luchas fratricidas. El accidental disparo
que arrebató su vida temporal, fue como un signo del triunfo de
las pasiones desatadas. Mientras el Arzobispo Affre cumplía así
su voto: «No vengo a gobernar ni a turbar esta ciudad sino a
ofrecerme como víctima», Ozanam comprendía lo difícil y trágico
de las situaciones humanas cuando en los corazones no mora el
amor. Por ello habría escrito con convicción, allá por el año
1840, que cuando se produjera el choque que buscaba evitar entre
«el pauperismo» y «una aristocracia financiera de vísceras
endurecidas», habría que llevar a todos «la palabra
reconciliadora del amor». La sangre derramada en la misión
mediadora por la paz del inolvidable Arzobispo de París que
murió ejerciendo ejemplarmente su ministerio de reconciliación,
terminaría dando su fruto con el cese del fragor de la lucha
fratricida. [39]
Evangelizar es la gran tarea
Ante todo lo que ha visto en su vida, Ozanam queda cada vez más
convencido de la importancia fundamental del anuncio evangélico
y de la caridad. A la crítica social de todo egoísmo
individualista o colectivista, debe sumarse un ardiente amor que
se exprese en el anuncio evangelizador así como en la
solidaridad concreta, llegando con su visión del mundo a poner
el horizonte de una fraternidad social centrada en el amor que
viene de Dios, manifestando una conciencia de lo que hoy se
llamaría evangelización de la cultura. Caridad con el
prójimo: caridad intelectual y caridad solidaria, tal era el
programa de Ozanam.
En el aspecto de la cultura, comprendiendo el valor de la
historia en la forja de un pueblo, al igual que Francisco
Rene de Chateaubriand [40] —cuya aproximación apologética,
recurriendo a la historia del cristianismo, mostrará su huella
en la perspectiva y en los trabajos de Ozanam— y que su
contemporáneo Felipe Benjamín Buchez, [41] se sumerge
también en el estudio histórico para explicitar la obra
civilizadora de la Iglesia. Ya desde joven interiorizó la idea
de que junto al brillo de la verdad, se debe presentar la
belleza de la fe y destacar su obra civilizadora, su influjo
positivo en el desarrollo de los pueblos. «La Iglesia...
evangelizó al mundo, y por añadidura, lo instruyó. La Cruz ha
sido, es y seguirá siendo el símbolo más perfecto de
civilización y de progreso social», son palabras que
sintéticamente expresan la convicción que se muestra en la vida
y los trabajos de Ozanam. Las Conferencias de Historia en
cuya génesis participó en su juventud no eran ajenas a este
dinamismo de apostolado intelectual. En esa línea escribe Los
orígenes del socialismo; Los germanos antes del
cristianismo; Dante y la filosofía católica en el siglo
XIII; Los poetas franciscanos en Italia en el siglo XIII;
Dos cancilleres de Inglaterra y su La civilización
cristiana entre los francos, etc. La notable lucidez de su
pensamiento se manifiesta con claridad desde obras tan tempranas
como Reflexiones sobre la doctrina de Saint Simón [42] y
se deja ver en la profundidad de sus análisis a lo largo de
tantos escritos.
Ozanam, tanto desde su aproximación histórica al peregrinar de
la Iglesia militante como por sus estudios lexicológicos y
documéntanos, va construyendo un sólido caso para refutar la
supuesta "oscuridad" de los también mal llamados "tiempos
medievales", así como para cuestionar seriamente la
contraposición entre aquéllos y el supuesto "renacimiento". Esta
crítica cultural muestra la coexistencia de las tendencias
culturales que harán fortuna en ciertos aspectos del siglo XVI
con corrientes ya presentes desde varios siglos antes. Por otro
lado, la publicación de sus Cartas ofrece la ocasión de
mirar aún más de cerca la vida interior de un pensador que arde
intensamente en la llama de la fe, que aspira a comunicar esa
experiencia y la visión del mundo que de ella nace, que aspira a
comunicar su amor por los pobres, por los más necesitados, su
honda rebelión ante la división de los seres humanos y los
medios concretos que pone para que se unan desde la caridad, el
perdón, la reconciliación, y finalmente su comprensión y amor
por la cultura y por la acción evangelizadora de la Iglesia en
ese gran campo, al servicio de la humanidad. Las Cartas
constituyen un testimonio personalizado y en algunos pasajes
conmovedor del peregrinar de Antonio Federico Ozanam durante
tantos años. No pocas letras escritas entonces revelan bien la
gran fineza espiritual de su autor.
Su tránsito
Desde la fuerte tifoidea que lo aqueja cuando tiene siete años
de edad, Antonio Federico Ozanam mostrará una estructura física
poco fuerte y propensa al agotamiento y la enfermedad.
Como un preludio del próximo final de su terreno peregrinar, en
1850 es una vez más fuertemente calumniado, al punto que algunos
de sus amigos empiezan a dudar de él. Dolorido escribe en una
carta: «Estoy siendo colocado en la triste necesidad de dar
testimonio de mí mismo... Es falso que yo haya dejado de creer o
renegado, disimulado o atenuado algún artículo de Fe». Las
polémicas en torno a él no cesan. No se le perdona la franqueza
de sus opiniones, ni la coherencia de su vida centrada en la fe
y la caridad. Toda esta situación va afectando su salud al punto
de serle exigido un forzado descanso médico.
Para finales del '50, algo recuperado está nuevamente en acción.
En el verano del '51, un nuevo descanso por su salud. En tiempos
de Pascua en 1852, una fuerte fiebre lo deja postrado sin poder
cumplir sus deberes. Interrumpe sus cursos, una tos seca y
fuerte lleva al médico a diagnosticar pleuresía —aunque como se
vería por la autopsia que para el progreso de la ciencia pide en
su testamento que se le haga, en realidad estaba aquejado de un
deterioro del riñón derecho—. La familia Ozanam debe emprender
un nuevo viaje de salud al sur. Es como unas vacaciones en las
que no deja de visitar los lugares de devoción para alimentar su
espíritu, las Conferencias Vicentinas para responder a lo que le
pide el corazón, buscando suscitarlas allí donde no las hay aún,
así como pasando revista a las bibliotecas para investigar y
profundizar intelectualmente. Así, va transcurriendo el año,
pero su salud no mejoraba.
Con un gran espíritu de mortificación se pone en manos de Dios,
y día a día refuerza su propósito meditando la Sagrada
Escritura, que lee en griego. Tiempos jalonados de enormes
sufrimientos en los que el espíritu de Antonio Federico se va
forjando más y más para el gran encuentro.
Vista la gravedad que alcanza hacia
mediados de agosto en que para conmemorar la Asunción fue por
última vez a una iglesia, Amelia decide regresar a Francia, y
así llegan a Marsella, donde el 8 de setiembre, Natividad de la
Santísima Virgen, acompañado por los auxilios de la santa
religión es convocado por el Altísimo a su presencia. |
|
Breve
bibliografía general
Fernando
Bastos de Ávila, O pensamento social cristão antes de
Marx. Textos e comentarios, Livraria José Olympio Editôra,
Río de Janeiro 1972. Él mismo, Pequena enciclopedia de
Doutrina Social da Igreja, Ediçôes Loyola, Sao Paulo 1991.
Maria Teresa Candelas Antequera, Federico Ozanam,
modelo de identidad para los jóvenes, La Milagrosa, Madrid
1990. Léonce Célier, Federico Ozanam, trad. Joan
B. Xuriguera, Editorial Claret, Barcelona 1975. John C. Cort,
Christian Socialism. An Informal History, Orbis Books,
1988. Paul Droulers, S.J., Cattolicesimo sodale nei
secoli XIX e XX: Saggi di storia e sociologia, Edizioni di
Storia e Letteratura, Roma 1982. Jacques Droz (dir),
Historia General del Socialismo. (I) De los orígenes a 1875,
Ediciones Destino, Barcelona 1976. Jean-Baptiste Duroselle,
Les debuts du Catholicisme social en France (1822-1877),
Presses Universitaires de France, París 1951. M. Fulvi
Cittadini, Cristianesimo sociale nell'ottocento,
Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1980. Ceorges
Goyau, Antoine Frédéric Ozanam, Flammarion, París
1931. Serge Grandais, Jean-Léon Le Prevost (1803-1874).
A ternura de Deus junto aos pobres, Cidade Nova, São
Paulo 1987. Boniface Hanley, O.F.M., For your Love
Alone,
www.ewtn.com/library/Mary/Ozanam.txt. Hubert Jedin,
Manual de Historia de la Iglesia. (VII) Entre la revolución y
la restauración, Herder, Barcelona 1978. Edgard Leon
Newman y Roben Lawrence Simpson (ed.), Historical
Dictionary of trance from the 7875 Restoration to the Second
Empire, Creenwood Press, Nueva York 1987. Paul Misner,
Social Catholicism in Europe, Darton, Longman and Todd,
Londres 1991. Thomas E. Neill, Ozanam. Un Luchador
Social, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana,
México 1985. Antoine Frédéric Ozanam, Œuvres completes
de A.-F. Ozanam, avec une notice par le R.P Lacordaire et une
préface par M. Ampère, 11 vols., J. Lecofíre, París
1855-1865 (Difícil de acceder salvo en bibliotecas o por
fotocopias, pero muchas de las obras allí recogidas han sido
editadas modernamente, y también en otras lenguas. Los escritos
sociales aparecen especialmente en los tt. 7 y 8). Federico
Ozanam, Lettere, (ed.) Mons. Nicola Pavoni, s/e,
Tipografía Vaticana, Ciudad del Vaticano 1994. Antonio Federico
Ozanam, Los poetas franciscanos en Italia en el siglo
XIII, Austral 888, Espasa-Calpe, Buenos Aires 1949. Antonio
E. Ozanam, Una peregrinación al país del Cid y otros
escritos, Austral 939, Espasa-Calpe, Buenos Aires 1950.
Raolo Pecorari, Ketteler e Toniolo, Cittá Nuova,
Roma 1977. Madeleine des Rivières, Ozanam, um sabio
entre os pobres, Edições Loyola, São Paulo 1986 (Hay
ediciones en varios idiomas, entre ellas en castellano).
Federico Rodríguez (ed.), Doctrina Pontificia. (III)
Documentos sociales, BAC, Madrid 1964. Ambrosio Romero
Carranza, Ozanam y sus contemporáneos, Difusión,
Buenos Aires 1976. Daniel Rops, La Iglesia de las
revoluciones, tt. I y II, Luis de Caralt, Barcelona 1962,
1965. A.R Schimberg, The Great Friend: Frederick
Ozanam, Bruce, Milwaukee 1946. Luís Sucupira,
Ozanam, a juventude em ação, Conselho Superior do Brasil da
S.S.VP, Río de Janeiro 1996. Silvio Tramontin, Carità
o giustizia? Idee ed esperíenze dei cattolici sociali italiani
dell'800, Marietti, Turín 1973. C. van Gestel, La
Doctrina Social de la Iglesia, Herder, Barcelona 1959. |
|
Notas
[1]
Ciertamente el indujo de A.F. Ozanam va más allá de su propio
tiempo y llega hasta nuestros días.
[2]
1813-1853.
[3] Se
refiere a la Sociedad de San Vicente de Paúl; ver más adelante.
[4] La
antigua Mediolanum fue conquistada por Francia en 1796.
La ciudad estaba aún bajo el dominio de Francia al nacer Antonio
Federico.
[5] Es
autor de una importante Historia médica general de las
enfermedades epidémicas en Europa desde el siglo XIV hasta
nuestros días.
[6]
Precisamente, un accidente al visitar caritativamente como
médico a un desamparado marca el momento en el que el Dr. Ozanam
es convocado por el Altísimo. Se dice que un tercio de los
pacientes que atendía eran pobres a los que servía
gratuitamente.
[7] La
madre de Antonio Federico fundó con un grupo de otras señoras
una sociedad de caridad llamada La veilleuse, cuya meta
era auxiliar a las personas en necesidad que estaban enfermas.
Se trata de una cristiana ejemplar que vivió intensamente el
sufrimiento desde la persecución sangrienta de la que fue
víctima su familia durante la revolución francesa, el destierro
amargo al que fue conducida por esos luctuosos hechos, y la
pérdida de varios de los hijos que tuvo.
[8]
Luis Felipe, Duque de Orleans, hijo del llamado Felipe Igualdad
(1747-1793), nace en 1773 y muere en 1850. Será rey de Francia
desde la revolución de julio de 1830, impulsado por el grupo
liberal orleanista de Luis Adolfo Thiers (1797-1877), hasta la
revolución de febrero de 1848, en que abdica. Con esta
revolución se inicia el corto período de la Segunda República.
[9]
1775-1836
begin_of_the_skype_highlighting [9]
1775-1836 end_of_the_skype_highlighting.
Ampére, tras quien se nombra la unidad de corriente eléctrica,
fue un muy destacado científico, físico, matemático, químico,
botánico y filósofo. Su casa era lugar de paso de numerosos
católicos de destacada actuación. En ella, Ozanam conocerá a los
principales propiciadores del resurgimiento católico en la
Francia de la primera mitad del siglo XIX.
[10]
1793-1880. En algunos lugares se le llama José Matías. Su
influencia sobre Federico es muy notable, tanto en lo espiritual
como en su orientación intelectual. El padre Noirot fue ordenado
sacerdote en 1817. Desde 1827 hasta 1852 fue profesor de
filosofía en el Colegio Real de Lyon. La colección de sus
lecciones fue publicada en 1852.
[11]
1791-1861
begin_of_the_skype_highlighting [11]
1791-1861 end_of_the_skype_highlighting.
[12] En
cierta forma éstas eran la continuación de la Sociedad para los
Buenos Estudios que fuera organizada en 1828 por Bailly.
[13] El
Conde Carlos Forbes de Montalembert (ver «VE» n. 29, p. 20),
dará una respuesta válida para cuantos se agarran de ese
argumento: «¡Bien! —dice— nosotros no hemos hecho nada, no
hacemos nada, no queremos hacer nada por los pobres.
Fundaciones, hospicios, asociaciones piadosas, limosnas
individuales, ¡todo esto es nada!... Mas vosotros, doctores de
la nueva ley... ¿dónde están vuestras obras? ¿Dónde vuestra
beneficencia? ¿Dónde vuestros servicios?... ¿Dónde vuestra
abnegación por los niños? ¿Dónde vuestras Hijas de la Caridad,
vuestras Hermanitas de los pobres, vuestros Hermanos para la
educación del pueblo? ¿Qué habéis Inventado? ¡Nada!... frases,
frases siempre... frases gruesas de discordia y de motín, de
guerra civil, de revolución; es decir, de miseria... El obrero
pide pan y le dais escorpiones» (Citado en Van Gestel, p. 35).
[14] El
conocido profesor de filosofía y editor de «La Tribuna Católica»
fue elegido como primer presidente de la nueva obra. El acto de
fundación fue precedido por el rezo del Veni Sancte Spiritus,
señalándose con ello la raíz y orientación de las
Conferencias.
[15]
Además de Bailly, junto a Ozanam están en la fundación de las
Conferencias de la Caridad: Augusto Le Taillandier,
Francisco Lallier, Pablo Lamache, Julio Devaux y Félix Clavé.
Lamache ilumina los orígenes al señalar que «sin Bailly la obra
de la Conferencia de San Vicente de Paúl habría sido pura
veleidad, "pero ciertamente sin Ozanam aquella primera
Conferencia jamás hubiera nacido"» (Ozanam - Pavoni,
Introduzione, p. 36).
[16]
Originalmente se llamaron Conferencias de la Caridad en
paralelo con las Conferencias de Historia, pero más
adelante, el 8 de diciembre de 1834, una asamblea general cambió
el nombre a Sociedad de San Vicente de Paúl —conocida
popularmente desde entonces como Conferencia Vícentina—, pues la
asociación fue puesta bajo el patrocinio de ese gran fundador y
santo apóstol de la caridad (c. 1580-1660). La propuesta del
cambio de nombre fue realizada por Juan León Le Prevost
(1803-1874), quien resultará ser otro de los importantes
protagonistas de la respuesta social católica en la Francia del
XIX.
[17]
Según algunos datos, sus miembros pasan hoy de los 800,000.
[18] No
se puede dudar de que el bondadoso ejemplo de una hermana de la
Caridad, Sor Rosalía (1787-1856) —Juana María Rendu antes de
ingresar a la fundación de San Vicente de Paúl— ejerció una
fuerte influencia sobre Ozanam. Sor Rosalía era conocida por
todo París como benefactora de los pobres. Su modelo de
apostolado social al encuentro personal con el pobre se ve
reflejado en el de las Conferencias de la Caridad. Su apoyo a
las Conferencias Vicentinas fue sumamente importante.
[19] El
carácter laical de las Conferencias fue aprobado por un breve
del Papa Gregorio XVI, el 10 enero de 1845.
[20] La
vocación eclesial del laico como la concebía Ozanam concuerda
plenamente con las enseñanzas que el Concilio Vaticano II ha
puesto ante todos y que el Código de Derecho Canónico expresa de
manera breve y clara: «§1. Puesto que, en virtud del bautismo y
de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles,
están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación
general, y gozan del derecho, tanto personal como asociadamente,
de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido
y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación
que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las
que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y
conocer a Jesucristo. §2. Tienen también el deber peculiar, cada
uno según su propia condición, de impregnar y perfeccionar el
orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio
de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas
temporales y en el ejercicio de las tareas seculares» (c. 225).
[21]
1802-1861. Ver «VE» n. 29, pp. 19s.
[22]
1778-1839
begin_of_the_skype_highlighting [22]
1778-1839 end_of_the_skype_highlighting.
Fue Arzobispo de París desde 1821. Fue coadjutor de su
predecesor el Cardenal Périgord desde 1819.
[23]
1782-1854
begin_of_the_skype_highlighting [23]
1782-1854 end_of_the_skype_highlighting.
Ver «VE» n. 29, pp. 15ss.
[24].
Aunque escritas en secreto en 1833, fueron publicadas en abril
de 1834. En julio la encíclica Singulari nos es más
explícita en el rechazo de los principios de la escuela
menesiana. Es también a partir de 1834 que cambiará la grafía de
su nombre a Lamennais.
[25]
Romero, p. 177.
[26]
«Cuéntase que al leer esto (lo que había escrito el padre
Lacordaire refiriéndose al matrimonio de Ozanam: "Hubo una
trampa [un piège] que no supo evitar") Pío IX exclamó:
"¡No sabía que existiese seis sacramentos y una trampa!"»
(Romero, p. 265, n. 1). El Papa Pío IX, que ocupó la Sede de
Pedro de 1846 a 1878, había nacido en Roma en 1792. Es el primer
Sumo Pontífice que se conoce que visitó América Latina. Siendo
ya sacerdote, formó parte de una misión pontificia que visitó
Sudamérica austral de 1823 a 1825.
[27]
Ozanam conversa con el Pontífice durante su estadía en Roma, en
1847. Su entusiasmo por el pontificado del Papa Pío IX es
notorio.
[28]
S.S. Juan Pablo I, Catequesis del 13 de setiembre de
1978.
[29] Mt
7,16.
[30]
Santa Isabel de Hungría nació en 1207 y a la edad de 14 contrajo
matrimonio con Luis IV de Turingia, con quien tuvo tres hijos.
Fue convocada por el Padre en 1231, a los 24 años de edad, luego
de una vida ejemplar de penitencia y de amoroso servicio a los
más necesitados. Es hija suya la beata Gertrudis de Altenberg o
de Turingia.
[31]
Fue Sumo Pontífice desde 1831 hasta 1846; había nacido en
Venecia en 1765.
[32] La
famosa tesis sobre Dante y los filósofos del siglo XIII, que
dedicó a Alfonso de Lamartine (1790-1869), a Juan Jacobo Ampére
(1800-1864, hijo de Andrés María, y quien escribirá el prefacio
de sus Obras completas editadas postumamente) y al padre
José María Noirot, fue sustentada y obtuvo todos los honores en
el ambiente hostil de la Sorbona, el 7 de enero de 1839.
[33]
Pocos años después de su tránsito, en 1857, había unas 158
Conferencias de San Vicente de Paúl, a las cuales se sumaron 36
al año siguiente, y 23 más en 1859 (Tramontin, p. 18).
[34] Se
refiere a los enfrentamientos con grave pérdida de vidas, entre
ellas la del reconciliador Arzobispo Dionisio Affre (1793-1848),
que enfrentaron a los obreros de los Talleres Nacionales con las
fuerzas del Gobierno de turno.
[35]
Además del francés domina a los diecisiete años el latín y el
griego, a los que suma el alemán, el italiano, el inglés, un
poco de castellano, el hebreo y el sánscrito.
[36] A
pesar de ello, se sabe por el testimonio de su amigo Juan Jacobo
Ampére que Ozanam sometía a censura al Arzobispo de Parfs o a un
experimentado teólogo todos sus trabajos que tocaban temas
teológicos.
[37]
Ciertamente el principio de reconciliación en Ozanam nada tiene
que ver con el vocablo difundido por esos tiempos por Ludolfo
Camphausen (1803-1890) y otros pensadores de Prusia. Éstos se
movían en explícitos parámetros político-legales, mientras que
Ozanam lo hada desde la fe, desde la caridad.
[38] La
del 23 de febrero. El 10 de febrero publica en Le
Correspondan un discurso suyo que expone la idea de irradiar
el cristianismo, anunciar la Verdad y la moralidad, ayudando a
que todos puedan acceder a la libertad de los hijos de Dios.
[39] El
Arzobispo es herido el domingo 25 de junio, y su muerte ocurre
al día siguiente, en que cesan las hostilidades, dejando un
saldo de cerca de cinco mil muertos. Ciertamente las tensiones y
la situación de pobreza lamentablemente continúan. Ozanam
seguirá fiel a su principio de seguir «la poesía del amor»
buscando la paz, la justicia y la reconciliación de todos a
través de la caridad intelectual y solidaria.
[40]
1768-1848. Ver «VE» n. 29, pp. 14 y 15.
[41]
1796-1865. Ver «VE» n. 29, pp. 34-38.
[42]
Esta famosa obra aplaudida por Lamartine y por Chateaubriand,
fue primeramente publicada por Federico en L'Abeille
française de Lyon, cuando tenía 18 años. |